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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 17 de enero de 2018

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Crítica de cine. Un dios salvaje, de Roman Polanski

Dos niños se pelean en un parque. Los padres y las madres de las criaturitas se reúnen en el piso de uno de ellos para intentar resolver el asunto de una manera civilizada, pero lo que empieza con una chiquillada se convierte en una conversación sin final.

El filme está basado en la obra de teatro Le dieu de carnage, de Yasmine Reza. El título Un dios salvaje no se relaciona, por tanto, con el original del filme (simplemente Carnage), sino con la traducción que se hizo de la obra de Reza. No he leído dicha pieza teatral ni tampoco he ido a ver la obra, que se ha representado por toda España, pero parece ser que Roman Polanski ha respetado gran parte de los diálogos y, sobre todo, la esencia de la historia. Lo que cuenta es cómo las apariencias siempre engañan y todos tenemos un monstruo dentro que no tiene nada que ver con el que enseñamos a los demás. Si esta fuese una película de David Cronenberg todos acabarían disparándose o rajándose con un cuchillo, pero como es un filme de Polanski el arma que utilizan los protagonistas es la palabra, que bien utilizada puede hacer tanto o más daño que un navajazo. Aunque hay que reconocer que la película también tiene una dosis importante de sentido del humor y eso aunque los actores han confesado que no se dieron cuenta de lo divertida que podía resutlar la historia hasta que la vieron proyectada.


De los treinta trabajos que ha dirigido Polanski, los mejores son, para mí, aquellos en los que hace vivir a sus personajes en una constante angustia. Ahí están por ejemplo Repulsión, La semilla del diablo, El quimérico inquilino y La muerte y la doncella. Un dios salvaje se inscribe dentro de esa dinámica de agobio y por momentos los personajes nos recuerdan a los de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. No saben por qué, pero el caso es que son incapaces de salir de esa terrible dinámica en la que se meten. De hecho el filme, quitando los títulos, transcurre por completo en el interior de una vivienda, y prácticamente sin salir de un cuarto. Lo más sorprendente es que cuando se acaba la película uno se da cuenta de lo corta que se le ha hecho y desearía quedarse con las dos parejas al menos unas cuantas horas más para disfrutar de sus pertinentes y, a veces, desquiciados diálogos.


Para lograr que una película así funcione es fundamental que los actores sean unos grandes profesionales y además que el director sepa trabajar con ellos, y eso es justo lo que ocurre en Un dios salvaje. Polanski cuenta con la siempre increíble Kate Winslet (la fría ejecutiva), una brillante Jodie Foster (la ecologista snob), un sorprendente Christoph Waltz (el abogado que siente el móvil como un apéndice más de su cuerpo) y un comedido John C. Reilly (el paleto yanqui).

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