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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 24 de noviembre de 2017

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Crítica de cine. Caníbal, de Manuel Martín Cuenca

Carlos es un sastre con una vida realmente aburrida. Trabaja a tan solo unos metros del piso de soltero donde vive en Granada y sus días transcurren cortando patrones y escuchando una monótona y desquiciante radio. Eso sí, de vez en cuando le salta la tecla y se va en busca de alguna mujer guapa para asesinarla y luego comérsela.

Los guionistas del filme son Alejandro Hernández Díaz y el propio director Manuel Martín Cuenca, inspirados al parecer en un relato del autor cubano ya fallecido Humberto Arenal. En realidad no hay que buscar grandes referencias literarias, porque la historia de un psicópata que está castrado vitalmente por su madre (algo que en el filme se deja entrever en un par de conversaciones que mantiene el protagonista con una anciana que presuponemos su madre, su tía, la cuidadora de su padre moribundo, la mujer de su padre o algo similar, pero una figura maternal al fin y al cabo) y que en su frustración asesina mujeres no es nada nuevo. Es el modelo Norman Bates de toda la vida. Los guionistas añaden aquí la vertiente caníbal, supongo que para dar algo más de morbo a la historia.
En los últimos años proliferan las historias de psicópatas y a la gente parece que le encantan, así que la peli probablemente tendrá su público. En un artículo escrito por el psicólogo Kevin Dutton en la revista Investigación y Ciencia, y titulado La sabiduría de los psicópatas sostiene que los rasgos psicopáticos pueden aparecer en distinto grado en cada individuo. También afirma que "algunos de los rasgos comunes en los asesinos en serie psicopáticos, como los aires de grandeza, la capacidad de persuasión, el encanto superficial, la crueldad, la falta de remordimientos y la manipulación de los demás, los comparten también políticos y líderes mundiales". Concluye, en definitiva, que todos llevamos un pequeño psicópata dentro, así que quizás por eso nos gustan tanto todas estas pelis.
El director se excede en la poética de las imágenes y sobre todo en su duración y alarga el metraje hasta las dos horas cuando podría haber contado lo mismo en poco más de una.
Aunque Antonio de la Torre ya ha dicho que es su trabajo más difícil a mí me parece que hacer de psicópata sin sentimientos y sin expresividad es muy, muy fácil. Desde mi punto de vista es más difícil convertirse, por ejemplo, en el gilipollas que interpretaba en Salir pitando, o en el madero peligroso de Grupo 7. Lo que sí hace muy bien en Caníbal, y me parece digno de elogio, es de sastre.

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